viernes, 15 de octubre de 2010

Reflexiones en torno a la aceptación de un orden social: El caso del caos en el tránsito de Paysandú


Por Mariano Suárez

El ruido ensordecedor de cientos de motos con caño de escape libre, capaz incluso de entrar en los hogares sanduceros e impedir a la vecina escuchar los almuerzos de Mirtha o el informativo de  la radio; las ruedas de la moto de un adolescente levantadas por más de media cuadra; los autos y camionetas que circulan a gran velocidad muchas veces sin respetar preferencias, comportamientos que se exacerban los días de lluvia en donde el peatón se moja pero ellos corren; las motos sin luces que a altas velocidades circulan por nuestras arterias, por supuesto, sin casco; motociclistas tomando cerveza –u otras bebidas- y pasándose la botella de moto en moto mientras manejan; concentrándose en mayores cantidades en las calles céntricas de acceso a la costa o en la Plaza Artigas, son algunas de las tantas situaciones que muestran que en materia de tránsito, algo anda mal en Paysandú.  


La pregunta que de inmediato nos surge es ¿cuáles son las causas que generan estos comportamientos desviados en el tránsito? No conocemos demasiadas teorizaciones específicas sobre el tema por estos lares, por lo que vamos a intentar acercarnos a la respuesta a través de la aplicación de teorías más generales del orden social y la conducta desviada.

A grandes rasgos uno podría distinguir tres grandes elementos interrelacionados entre sí, que intervienen en la no aceptación de un orden normativo: el déficit educativo, la ineficacia en el control social, y las tensiones entre las metas de la persona y los medios legítimos para acceder a ellas (anomia). En el primer elemento, el presupuesto es que existe una deficiencia educativa que lleva a que las personas desconozcan o no sean conscientes de la importancia, desde el punto de vista individual y social, de respetar las normas de tránsito; el segundo elemento, pone el acento en los controles, la idea sería que debo reforzar el efecto de la educación a través de controles eficaces para que las personas no se sientan tentadas a incumplir las normas y así conseguir más rápido un objetivo; finalmente la idea de la anomia presupone la existencia de tensiones entre medios y fines, que podrían impulsar al individuo a optar por medios ilegítimos como única alternativa a su alcance para conseguir el objetivo planteado. Agnew plantea una teoría de la anomia más lejos de los fines de largo plazo y más ligada a los fines inmediatistas y relacionados al entorno cercano de la persona (especialmente en el adolescente). Aplicado al tránsito podrían pensarse como la tensión entre usar casco y generar una determinada imagen que venda socialmente y que le permita al individuo tener éxito en sus relaciones, o la idea de andar a altas velocidades en motos que hagan mucho ruido o levantar la rueda de la moto, como una vía para escapar de la monotonía cotidiana de la vida urbana. Dicho de otra manera, es probable que exista una tensión entre lo que la sociedad ofrece y la necesidad de sentir adrenalina, de sentirse vivo –principalmente por parte de los jóvenes- que logran canalizarla mediante estas prácticas de riesgo.    


Todos estos elementos tienen un papel explicativo en el tema de la conducta desviada, pero se interrelacionan de manera diferente dependiendo del fenómeno específico. Lograr un diagnóstico que muestre correctamente la interrelación entre estas variables es un elemento fundamental para mejorar la eficacia en las políticas viales, de lo contario se corre el riesgo de invertir tiempo y plata en reforzar el elemento de menor importancia en la ecuación. Por supuesto, una respuesta precisa a este tema necesita de una investigación específica y rigurosa de la realidad local. Aquí simplemente nos proponemos pensarlo teóricamente.  



Control y socialización

Berger y Luckmann aportan algunas pistas sobre los desafíos que pueden plantearse en la aceptación de un orden social cuando la elaboración de dichas normas es extraña a quienes la tienen que aplicar, en el sentido de que estas instituciones han llegado a ser para las generaciones contemporáneas, realidades divorciadas de los problemas sociales concretos de los cuales surgieron. En palabras de los autores sería: “es más probable que uno se desvié de programas fijados por otros, que de los que uno mismo ha contribuido a establecer. La nueva generación plantea un problema de acatamiento y su socialización, dentro del orden institucional, requiere que se establezcan sanciones. Las instituciones invocan y deben invocar autoridad sobre el individuo (…) Debe mantenerse constantemente la prioridad de las definiciones institucionales de situaciones por sobre los intentos individuales de nuevas definiciones. Hay que enseñar a los niños a “comportarse” y, después, obligarlos a “andar derecho”. Y, por supuesto, lo mismo hay que hacer con los adultos”.  (Berger y Lukmann: 2001, pág. 85)

De esta cita se desprenden dos grandes aportes, uno vinculado a la educación y a la relegitimación del orden, y otro vinculado al control social como refuerzo de esta socialización. Trataremos estos temas por separado.


1) En lo que respecta a la educación creemos que hay dos elementos importantes a considerar:

A) La educación vial tiene un papel fundamental para lograr el orden en el tránsito, pero para evitar la desviación hacia las normas, provocada por la extrañeza frente a las mismas, es necesario fortalecer este aspecto acompañando las últimas tendencias en materia educativa, viendo al sujeto no como un recipiente vacío sino como un individuo con un determinado bagaje de conocimiento con el que participa activamente en la relación de enseñanza-aprendizaje. Para ello es necesario generar un proceso deliberativo retomando la idea habermasiana de que un orden que pretenda legitimidad no debe trascender la cotidianeidad y, sobre todo, cuando la aceptación del orden normativo está dando sobradas muestras de agotamiento. De manera que es necesario instalar instancias de diálogo entre las autoridades (con sus técnicos asesores) y los ciudadanos (conductores y peatones).

Este necesario diálogo tiene dos grandes virtudes, por un lado, permite mejorar las normas combinando el conocimiento técnico con el conocimiento cotidiano, porque el técnico posee conocimientos generados a través de procedimientos que en muchos casos representan grandes avances en la materia, pero el que conduce todos los días también sabe. Tiene otro tipo de conocimiento, y éste puede ser aprovechado, por ejemplo, para saber si hay algún sistema de semáforos que trae más problemas que beneficios, si faltan semáforos en una esquina, etc.

La segunda gran virtud de este proceso deliberativo es que colabora en la legitimidad del orden normativo, en la medida que el ciudadano siente que participa en delimitación de las reglas de juego, no ve el sistema de normas como una cuestión ajena, sino como algo acordado, en donde se escucharon sus opiniones, algunas tal vez fueron tomadas en cuenta e incorporadas al sistema, otras posiblemente no, pero una de las fortalezas del proceso deliberativo es que la gente aprende en el debate y se da cuenta de que ciertas cosas que veía como buenas no tienen viabilidad.

En síntesis, el primer elemento a fortalecer en la dimensión educativa pasa por abandonar la actitud positivista de la enseñanza vial, incorporando el sujeto en un proceso de enseñanza, reconstrucción y relegitimación constante del orden normativo. Existe en Paysandú una incipiente organización de conductores, sobre todo de motos, que en su momento organizaron la protesta por el uso obligatorio del casco, también hay varios espacios en facebook donde se comunican y comparten ideas en lo vinculado al tránsito y a sus controles, existen vecinos organizados para la temática en la conflictiva zona de la plaza Artigas, estos podrían ser convocados junto con otros actores de la sociedad civil a participar de estos espacios de intercambio que podrían darse a través de medios y formas muy variadas.

B) El segundo elemento vinculado a la educación es la necesidad de apuntalar la dimensión educativa en la labor de los inspectores de tránsito. Funcionarios que además de sancionar con severidad eduquen a los conductores a respetar sendas, a detener los vehículos detrás de la línea blanca en las esquinas, etc. Esto ya se está practicando en varias ciudades del país, pero implica primero profesionalizar toda la estructura de funcionarios vinculados de alguna manera el tránsito. No es posible educar sobre el tránsito cuando uno de los pocos supervisores de inspectores protagoniza un accidente bajo el efecto del alcohol como se conoció por la prensa local hace unos días, o una inspectora sin casco como lo muestra la foto de arriba tomada del sitio de facebook: “odio los milicos de tránsito de Paysandú”.

2) En lo que respecta a los controles creemos que es un elemento importante en la ecuación. Existen fenómenos en donde el endurecimiento de los controles no podría contener las conductas desviadas, por ejemplo, en las conductas delictivas, en donde una estructura de oportunidades profundamente desigual fue generando un sector excluido de la sociedad. Este sector a su vez comparte un determinado espectro de expectativas socialmente generadas, que no tiene forma de cumplir por vías legítimas. Es claro que  la delincuencia no se encuentra exclusivamente en este sector pero tienen una fuerte asociación positiva con el mismo. En estos casos reforzar los controles difícilmente inhiba las conductas delictivas ya que estamos hablando de sectores desafiliados de la sociedad, para los cuales la inserción resulta mucho más difícil que la mera voluntad, y en cierta medida sería como pedirles que acepten las reglas de un juego al cual no pueden jugar. Sin embargo, los conductores infractores en su gran mayoría no son personas desafiliadas de las principales instituciones sociales, son personas que trabajan en el mercado formal o que están sentadas en las aulas de secundaria y que si bien prefieren no usar cascos o andar con motos ruidosas, no están dispuestos a transformarse en vándalos desafiando las autoridades. A este respecto no estamos de acuerdo con las afirmaciones del Director de Tránsito, Haroldo Canoniero, quien entrevistado por el Semanario “El Sanducero” dijo: “(…) porque aquel que compró una moto, no se siente controlado, total, la moto la compró y pagó solamente dos cuotas, entonces ya no paga más, total la multa no la paga, no paga la patente, y como las motos son tan baratas, al poco tiempo va,  la vende y se compra otra (…)” (El Sanducero: 06/10/10, pág. 10).


Hay varias inconsistencias en este discurso, primero si fuera tan fácil comprar y comprar y no pagar, el sistema de créditos, cada vez más desarrollado en el capitalismo moderno, no funcionaría. Segundo, las motos no son tan baratas, ni vivimos en una sociedad con tanto poder adquisitivo como para que la gente pueda comprar una moto nueva a cada rato. Tercero, si la persona no paga la patente y no pagó más que la segunda cuota de la compra, no puede conservar la moto para venderla, o la automotora o la Intendencia se la deberían haber sacado, y si milagrosamente la conservara no tendría valor alguno de reventa.

En fin, nuestra idea es, si profesionalizo los inspectores y multiplico los controles generando una mayor probabilidad para los infractores, de que los multen, le retiren la libreta o le saquen el vehículo, inhibo gran parte de estas conductas infractoras. Para ello, por supuesto, se necesita plata y para que haya plata hay que asignarle al tema una prioridad en la agenda de gobierno.

Conclusión                                                                         
Hemos planteado una ecuación explicativa formada por la deficiencia educativa, la deficiencia en materia de control y un estrés socialmente generado que impulsa a determinadas personas a ciertos comportamientos infractores en el tránsito. En materia educativa planteamos la necesidad de descentralizar la palabra generando un diálogo ciudadano, en torno a las pautas que regulan el tránsito de manera de mejorar la eficiencia normativa y dotar de mayor legitimidad al sistema, también propusimos fortalecer la dimensión educativa en la tarea de los inspectores de tránsito. En lo que atañe al control social creemos que las características del fenómeno permiten que luego de un diálogo ciudadano en busca de consensos se apliquen rigurosamente los controles, y eventualmente las sanciones como medida eficiente para lograr un tránsito más ordenado. Finalmente, diremos que la hipótesis que hemos manejado aquí sobre las tensiones generadas por las metas inmediatistas de los adolescentes y los medios legales disponibles, como ser la popularidad con los pares y el uso del casco (entendido como un elemento anti estético) o la obtención de gratificación inmediata a través de la velocidad, entre otras, juegan un papel explicativo, pero son superables si se hacen bien las tareas en las dos dimensiones anteriores. Sin ir más lejos, la ciudad de Salto que tiene una sociedad hiper preocupada por la imagen logró imponer el casco sin generar demasiados traumas en la población que se las arregla para producir elementos de distinción dentro del nuevo marco legal. Es decir, la sociedad irá buscando vías alternativas para canalizar estas necesidades.

Esto no pretendió ser un recetario sino simplemente un aporte general, seguramente este esquema es muy mejorable, pero si ayuda en algo a pensar el tema, es suficiente. Han quedado intencionalmente afuera temas más de índole “ingenierísticos” como la falta de lugares para estacionar en algunas zonas de la ciudad. La relevancia de la temática no solo está en la posibilidad de reducir el número de accidentes, sino en reducir estrés generado por el caos, mejorando la calidad de vida de la población. Sabemos que el municipio está planificando acciones dentro del marco de un proyecto, que por ahora no estamos en condiciones de evaluar, simplemente decimos, hasta el día de hoy el tránsito de la ciudad es un verdadero caos.